El chico de la gran roca

La destrucción

Todo empezaba con el ritmo de un solo grano de arena, al ritmo de éste, muchos despertaban para acompañarlo en su pegajoso sonar. Sin darse cuenta, millones de millones de granos de arena estaban moviéndose casi al mismo ritmo, siguiendo secuencias diferentes contándose por miles. El cemento de las calles empezaban a contagiarse y se unía a la fiesta. Con movimientos de arriba hacia abajo y de un lado para otro, los árboles empezaron a sentir cómo sus raíces querían salirse para unirse también. En el mar, los peces sentían cómo la bestia voraz llamada agua movía cada pequeña partícula desde el fondo de su alma para alzarse hacia la orilla. En la gran fiesta de la naturaleza, las construcciones humanas iban desapareciendo dejando todo destruido a su paso. En el gran ritmo de la belleza, pisos quedaban baldíos y lugares quedaban inundados, por otro lado, en el desierto fuertes vientos llevaban su ritmo donde querían, corrían, bailaban y cantaban hasta el final del coro y luego repetían como si fuera la primera canción que habían cantando en su vida. Los bosques se sentían atraídos y quitándose las raíces de encima movían el suelo para unirse, junto a todos los demás, a la destrucción de los terrenos y los lugares. Sin embargo, algo que no veía venir ninguno de los grandes elementos es que el gran terreno que destruían venía de una sola pequeña persona. A pesar de que la destrucción era masiva y parecía arrasar todo un mundo, solo era sentido por el chico sentado en las faldas de la montaña, observando cómo el inmenso sol cubría de luz los atardeceres de millones, excepto el suyo. La destrucción no era mundial, era sólo para el chico sentado en la gran roca.

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