Montañismo

Casi muero, pero no

No puedo encontrar título más apropiado que “Casi muero, pero no”. Esta historia se centra en un viaje muy ambicioso que queríamos hacer para llegar a las cumbres del Bolívar, la Concha y por último el Humboldt descendiendo por la Mucuy. Era la ruta de La Gran Travesía, sin pasar por las cumbres de los picos el León y el Toro, a pesar de que los tuvimos al frente.

Foto: Andrés Matos

Foto: Andrés Matos

El León es un pico bastante curioso que aún no sé por dónde se le sube, pero que estuvo imponente desde nuestra salida de los Nevados hasta la Cresta del Gallo. El Toro parecía un poco más sencillo debido a que la subida se hacía bastante obvia, a pesar de que un poco expuesta.

El día primero de diciembre del año 2014, decidimos montar los bolsos en un Jeep en la Plaza Las Heroínas en el centro de Mérida, éste nos llevaría directo a la plaza Bolívar del pueblo de los Nevados, a 2600 msnm. La ciudad de Mérida se encuentran a unos 1600 msnm.

Luego de que pasáramos por la peligrosa pero hermosa carretera que nos llevaría a los Nevados pudimos llegar directo al pueblo, donde un señor con unas mulas nos esperaría para ayudarnos a llevar los bolsos de unos 25 Kg cada uno.

Al empezar el recorrido, el páramo nos acogía en sus matices de verdes combinados con el marrón de la tierra. Las casas y los ríos adyacentes nos acompañaban cantando en un día espléndido para una caminata tan larga. Pasaríamos de 2600 a 3800 msnm donde el primer campamento tomaría lugar. En las subidas exigentes y en las pendientes sostenidas mis recuerdos son bastante difusos, recuerdo el verde de las plantas y el azul del cielo, el sonido de los ríos y el cantar de las aves, recuerdo el degradado de las piedras a mis pies y lo cristalino del agua, también recuerdo el cansancio y el esfuerzo enorme que tuve que poner para llegar hasta el primer campamento.

Mi mente era un lugar en blanco donde la música que salía de los auriculares opacaba cualquier pensamiento proveniente de mí. Mi voz interior se veía eclipsada al ritmo de diferentes instrumentos. No algo malo, solo algo que vale la pena mencionar.

Entre curvas, montañas y caminos anchos para la caminata de varios a la vez, el paisaje pasaba a mis ojos. Caídas enormes de agua y grietas gigantes de ríos en el medio de las montañas eran observables desde cualquier punto panorámico. La pendiente era sostenido por casi todo el camino, entre piedras sueltas y tierra levantada. La compañía de excremento de animal y el ruido del río en la mitad del valle eran parte también del primer ambiente al subir al alto de la Cruz.

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Camino al glaciar: Pico Humboldt

Ha pasado casi un año desde el momento en el que una expedición para culminar un curso de Alta Montaña nos llevó de nuevo a la bella Mérida, ubicada en Venezuela. Allí está un parque nacional llamado Sierra Nevada, el cual posee los 6 picos de los 10 más altos de toda Venezuela.

Existe una ruta famosa que muchos montañistas venezolanos y alrededor del mundo quieren completar cada año: la ruta de las 5 águilas. Llamada: la gran travesía, la cual busca hacer el pico Bolívar, pico Humboldt (el único con glaciar durante todo el año actualmente), pico la Concha, pico el León y pico el Toro.

Nosotros, como práctica del curso de Alta Montaña fuimos al pico Humboldt en septiembre del año 2013. El año pasado publiqué “comemontañas: mi experiencia en la sierra de la culata“, en la última foto se puede apreciar el pico Humboldt visto desde la Sierra de la Culata (al norte de Mérida).

humboldt

Una maravilla más de la naturaleza venezolana y la gran diversidad de ambientes que podemos encontrar en el país tropical.

Todo empezó el día de la llegada a Mérida, como de costumbre, nos paramos unas horas en el terminal a hacer las últimas compras y a esperar que el Jeep que nos llevaría hasta “La Mucuy”, subiendo por un pueblo llamado Tabay donde subiríamos a la base del Pico Humboldt, el segundo más alto de Venezuela.

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Comemontañas

Varios intentos fallidos de dar un viaje que prometía ser espectacular llegó al fin después de 7 meses de planear el primero, era 21 de Julio del año 2013 cuando llegamos al Terminal de Mérida. Pasaba la mañana y luego de pasar más de 12 horas en un autobús habíamos perdido quizá la sensación en varios músculos. El hambre atormentaba y el calor de la ciudad florecía.

Tiempo de hacer las compras antes del trekking, recargar baterías con un poco de comida, terminar los preparativos y por último: montarse los bolsos. Pasamos por la ciudad y llegamos al casco de la ciudad de Mérida para en la Av. 2 tomar el autobús que nos llevaría a la entrada del parque nacional Sierra de la Culata.

Llegó el mediodía cuando nos cargamos los bolsos definitivamente. Luego de la despedida y unas cuantas fotos, nos tomamos una chicha, algunos comieron fresas con crema y empezamos el camino hacia el primer campamento. Según los guías era más allá de El Valle de los muertos y del Refugio número 2 (último lugar donde vimos personas hasta el último día del camino). En este camino tan preciado la vista era preciosa, sin haber empezado realmente el estar a más de 2900 msnm hacía que el frío apareciera un poco y la vista de los pueblos adyacentes resplandecieran en la poca luz del sol que teníamos por la alta densidad de nubes que nos rodeaban. Finalmente… comenzamos.

De izquierda a derecha: Jacinto, Yuri, Vidal, René, Patricia, Alejandro. Abajo: Yo.

De izquierda a derecha: Jacinto, Yuri, Vidal, René, Patricia, Alejandro. Abajo: Yo.

Ruta: Sierra de la Culata – Aguas termales del Musuy.

La caminata no prometía ser tan dura y siguiendo los consejos de nuestra compañera (la única que antes había pasado por esta misma ruta) el primer campamento sería levantado cerca de El Valle de los muertos. Pues bien, el camino empezaba y no se levantaba demasiado, se veían turistas por doquier llegando un poco lejos en el camino para ver montaña sin civilización. Un mar de colores con inclinaciones engañosas en las alturas de los frailejones. Los caballos, el río un poco contaminado y la escasa carretera que seguíamos terminaría pronto, al llegar justo al puesto de guarda parques de El Jarillo.

Como en cualquier expedición, y más si no se sabe la ruta, empezó la primera gran decisión, ¿cuál era el camino real? ¿Por dónde debíamos ir? ¿Qué camino nos levaría realmente al Valle y además luego nos guiaría a la base del pico Pan de Azúcar?

La tarde caía y las dudas asaltaban a solo el inicio de la ruta que prometía espectáculo y paz. La ansiedad aumentaba y por no poder ayudar simplemente (los cursantes) debimos quedarnos mirando mientras los guías (que tampoco sabían pero tenían un gps) identificaban la ruta.

Luego de 1 hora subiendo y bajando al P.G.P. El Jarillo para poder identificar la ruta o preguntarle a alguien nos encontramos a un señor de un aspecto un poco extraño. Vestía mono y camisa como cualquier campista, estaba descalzo y tenía el bolso típico de trekking, de unos 75L. Se acercó a nosotros y empezó a charlar sobre lo que podía ser la ruta, cómo llegar y largos etcéteras explicándonos un poco más de las dos formas para llegar. La primera y para nada placentera (la ruta difícil y corta) que nos llevaría unos 30 minutos o menos, y la otra ruta que fue la que tomamos, más placentera y con más zigzagueo.  Le preguntamos de una vez la ruta para el pico Pan de Azúcar donde más abajo nos habían comentado que estaba nevado (¡wao!). Le preguntamos cómo llegar, curiosamente agarró una botella de 2 litros de Coca-Cola y señaló dónde estábamos en ese momento en su envase plástico, nos explicó que el camino más bonito era derecho por el valle, subir a la ventana pasar barro negro y llegar al refugio para ascender al pico en recta, así, un camino para comemontañas.

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Nuevos retos, nuevas inquietudes

Y el de la foto soy yo, asumiendo nuevos retos. Caminando, siempre caminando.

En nuestro mundo y supongo que en cualquiera que exista, los retos van saliendo más y más. Tenemos retos todos los días, desde poder levantarnos de la cama (aunque suene más básico que tomar agua) hasta poder enfrentar un problema y gritarlo  para poder soportar lo que venga luego. ¿Cómo entonces podemos afrontar estos retos de una manera más fácil?

Tenemos que ser simplemente arriesgados y ver qué pasa luego, dejarlo estar. Podemos ver un gran reto por delante cuando el miedo nos consume desde las arterias, estamos temblando y la mente se nos nubla. El cielo va oscureciéndose poco a poco y ya luego, cuando decidimos aceptar el reto solo avanzamos con la lluvia en los ojos y el peso en los pies. Caminamos, seguimos.

Ahora mismo mi máximo reto tal vez sea poder mantener la calma antes los problemas, tener un tiempo para mí donde pueda descubrir quién soy realmente y quién quiero ser.

Se han dado cuenta, tal vez, que en estos últimos meses no he escrito demasiado y supongo que ha sido a causa de un gran bloqueo mental que he tenido en este último tiempo. Un bloqueo que no me ha permitido avanzar libremente a través de las raíces de la vida, cruzando los ríos de un destino fortuito. ¿Destino fortuito? ¿No será esto, pues, una contradicción? Es difícil creer en un destino cuando la vida está llena de azar, ¿pero si no creo en el azar cómo tampoco en el destino? Me parece que el destino no existe, Una invención para justificar los éxitos en la modestia de las personas. ¿Cómo una persona está destinada a sufrir por toda su vida teniendo 1 desgraciada por día? Supongo que aunque ese destino exista todo pierde su poder al tener otra forma de llevar la situación. Como leía hace tiempo:

“The things that happen to you are powerless without your reaction”

Me parece muy acertado. La reacción es lo más importante para afrontar los nuevos retos y calmar esas inquietudes. Cuando creemos que algo podemos hacer lo terminamos logrando, lo he experimentado muchas veces y la última fue hace una semana. Estaba de viaje en Mérida en la Sierra de la Culata subiendo unas montañas y haciendo un trekking bastante entretenido, el primer día fue fatal; creía siempre que no podía lograrlo y siempre estaba de último en el grupo al seguir subiendo, me causaba pronto y me daba mucha ansiedad. Quizá también por la falta de ejercicio, pero al siguiente día ya iba de tercero detrás de dos guías gritándome a mí mismo que sí se podía y no había razones reales para rendirse, nunca rendirse. Era solo cuestión de mentalidad.

Para enfrentar mis próximos retos simplemente debo tener en cuenta que la mentalidad es lo más importante, avanzar y seguir en el camino de la vida que se vuelve tan complicado como divertido. Tal vez para algunos este post no tenga sentido, pero para mí, es lo mejor que he podido escribir en mucho tiempo, escribir sin detenerme y expresar lo que siento sin pensarlo. Simplemente escribir.

Los retos vienen cada día, debes poder controlar tus actitudes hasta no querer lastimar a la persona que amas, buscar una salida juntos y plantearse metas. Lo divertido de esos retos en conjunto, es que cuando lo logran, alguien te abrazará por el éxito en conjunto.

La ruta del cielo

Era una mañana fría cuando empezaba a alistarme para asistir a la salida número 5 por el Ávila. El senderismo formaría parte de este maravilloso domingo, 11 de noviembre de 2012, luego de 2 semanas sin practicarlo o haber hecho algún deporte o esfuerzo físico. La ruta que nos deparaba ese día era un poco dura, empezábamos desde La Julia, y terminaríamos en el Hotel Humboldt pasando por el Mirador del Edén, tomando Las Toyotas para saltarnos Rancho Grande (cosa de la cual me enteré luego de que estuve allí), e ir directo al Pico Goering. Luego de esto, pasaríamos por el cruce de la Fila Maestra y el Pico Naiguatá, tomando por supuesto, la primera opción. Caminar toda la Fila Maestra pasando por el Pico Oriental, La Silla, el Pico Occidental y el Lagunazo para terminar en nuestro último destino, y luego bajar en teleférico. Estos eran nuestro planes, pero como en un viaje tan arriesgado y largo, no todo podía salir perfecto como lo habíamos planeado…

El Recorrido del domingo, en azul.

Había preparado desayuno y mi bolso con algo de comida y mucha agua para la gran ruta del día de hoy, que nuestro guía curiosamente  nombró: “La ruta del cielo”, si lo pensamos detenidamente tiene un buen nombre, además de encajar perfectamente. Todo empezaba a las 6 de la mañana, cuando decidí salir de mi casa e ir a la Estación de Metro de La California para encontrarme con mis compañeros de excursión.

Había llegado un poco tarde, la hora acordada era a las 6:30 y llegué a las 6:50, afortunadamente siempre el tiempo de espera es media hora y los encontré haciendo la cola para el Metrobús. Terminamos yéndonos en camioneta para la entrada de la Montaña y nuestro viaje solo empezaba. Eran las 7:35 a.m. cuando salimos.

El guía explicaba un poco la ruta y nos decía que debíamos comer durante el camino, durante los pequeños descansos que tendríamos para mantener la fuerza, puesto que el camino era fuerte. Salimos entonces y yo me fui a la cabeza junto con el guía en los primeros minutos. La subida era muy fuerte, y mi falta de entrenamiento me costó un poco caro. También había comido en las últimas dos semanas muy mal (comida chatarra y mucho refresco), vaya que la pase mal en las dos primeras paradas. Cuando empecé a subir veía todo precioso, estaba emocionado debido a que llevaba dos semanas sin practicar este fascinante deporte. Quería recuperar un poco de resistencia que seguramente había perdido, y así era, la había perdido. Luego de pasar unos 10 minutos caminando, tal vez menos, empecé a sudar muchísimo, respirar fuerte y tener ataques de tos, tuve que sentarme en varias oportunidades y no dejaba de preguntar qué me pasaba. Un amigo se acercó y me dijo qué me pasaba y me hizo serie de preguntas. Ambos llegamos a la conclusión de que me encontraba de esa forma debido al no practicar nada de deporte en dos semanas y comer tan terrible. La pase fatal durante más de 1 hora, sin embargo, al llegar al P.G.P. La Julia nuestro guía me dio tres caramelos  que me ayudaron un montón. Caramelos normales que reparten en piñatas, con mucha azúcar, me ayudaron mucho mientras iba avanzando, estuve solo en todo el camino desde La Julia hasta el Mirador del Edén puesto que iba en el medio de dos grupos, éramos 10 en total. De los cuales 6 iban adelante, y 4 un poco atrás, a ninguno los oía. Al llegar al Mirador del Edén ya me sentía un poco mejor, sin embargo en mi mente insistía que debía desistir de la excursión y volver a mi casa a mejorarme. No desistí. Seguí a ver hasta dónde llegaba.

Cuando empezamos la ascensión por Dos banderas me sentía un poco mejor, sin embargo no sabía si podía continuar. Me quedé de nuevo en el medio de los grupos, me debía detener en algunos tramos para retomar el aliento, o tomar bastante agua. Seguía con el pensamiento de desistir mientras a mis espaldas se visualizaba la ciudad de Caracas en todo su esplendor, a mi norte podía solo ver el camino empinado que me esperaba para conquistar el Pico Goering.

Cuando ya iba a mitad de camino me senté y dije que no podía más, debía bajar, me iba a desmayar, la cabeza me daba vueltas y ni siquiera iba por un cuarto del recorrido total. Me senté, respiré, tomé agua y por primera vez en mi vida decidí ponerme los audífonos y escuchar un poco de música (normalmente no hago esto, decido conectarme completamente con la naturaleza, escuchar los pájaros cantar, la brisa y en excelentes casos, el agua de las cascadas). Fue cuando entonces al poner la música, me dije a mí mismo: ¿Así es como piensas escalar otras montañas más altas, que necesitan más resistencia, que requieren más esfuerzo? ¿Así es como quieres lograr cada cosa que te propones, dejándolo todo a medio camino o antes solo porque “no resistes”? ¡Vaya vergüenza! Terminé levantando la cabeza y diciéndome a mí mismo repetidas veces: ¡SÍ PUEDO! CLARO QUE PUEDO. En muchas ocasiones solía decirlo en voz alta para tener una alta automotivación, aunque no lo crean, funciona muchísimo. Creer en ti mismo es la clave de muchos retos que vas enfrentando en tu vida.

Un poco antes de llegar al Pico Goering empezó un fuerte dolor en los muslos de las piernas. Era insoportable. Sin embargo, pese a esto decidí seguir. Ya el mareo se me había pasado o quizá seguía, pero lo ignoraba por completo. Me encontré con dos compañeros que me alcanzaron antes de llegar al Goering y me enteré que dos de los diez desistieron. Seguimos el camino hasta encontrarnos con los otros 5 que faltaban. Nos felicitamos entre todos porque a pesar del retraso de algunos (nosotros 3) teníamos un excelente tiempo. 3 horas de recorrido y ya estábamos en el primer pico que debíamos conquistar ese domingo. Algunos comieron, otros reposamos, tomamos fotos y nos pusimos a hablar durante 15 minutos para recuperar fuerzas. En esas discusiones hablamos de la ruta y pregunto por dónde queda la entrada a la Fila Maestra, pues bien, para mi sorpresa, ¡NADIE SABÍA! Ninguno se sabía la ruta, teníamos un mapa, y los letreros e “hitos” nos ayudarían. Seguimos caminando hasta el cruce de la Fila Maestra-Pico Naiguatá. Era lo último que sabíamos del camino, nadie sabía que había a la izquierda de nosotros, muchos habían alcanzado la cima del Naiguatá, pero de los que nos encontrábamos presentes ninguno había cruzado jamás para la Fila Maestra. No nos importó, queríamos seguir, nuestra motivación era más grande que nuestro miedo. Nuestras metas eran más grandes que cualquier cosa, nuestro amor al senderismo crecía cada vez más. Seguimos caminando y nos encontramos con fantásticas formaciones rocosas, con preciosos paisajes desde lo más alto de la montaña.

Llegamos luego de unos minutos a un sitio donde nuestro camino se complicaba, había un hito que señalaba que estábamos en el camino correcto, pero, había una formación rocosa que descendía que nadie estaba seguro de tomar, no se veía como el camino adónde nos dirigíamos. Decidimos explorar y decidir qué hacer, los dos guías fueron a hacer su trabajo explorando diferentes “caminos” mientras los otros 6 del grupo nos dedicamos a revisar mapas en un teléfono y a chequear la brújula de uno de nuestros compañeros, aprovechamos para descansar y comer algo. Duramos 1 hora y media buscando el camino. Luego de explorar, de que la lluvia nos empapara y el frío nos acompañara hasta en la médula descubrimos que el camino sí se encontraba bajando las rocas. Habían señales que así lo indicaban, empezando por el hito hasta una flecha dibujada discretamente en una roca. Cuando los 5 se pusieron en marcha, un guía nos esperó abajo en las rocas mientras yo esperaba a un compañero que se encontraba en otra ruta explorando a ver adónde llevaba. Mientras los 5 se adelantaron nosotros empezamos el descenso por las rocas para unirnos a la famosa Fila Maestra para empezar lo que muchos conocen como “La Travesía”. Aunque sinceramente la empezamos desde que decidimos poner un pie sobre la montaña, en la Julia hace ya más de 5 horas.

La Fila Maestra resultó ser una belleza total de un camino por la cumbre de la montaña, desafortunadamente el clima no quiso que observáramos del lado derecho el mar, y del izquierdo la ciudad de Caracas, estaba todo muy nublado y llovería en cualquier momento. El camino se hizo un poco difícil al encontrar piedras muy lizas con caminos muy estrechos donde, literalmente debías abrazar la roca para sentirte totalmente seguro. Cruzando despacio y con pisadas claves en cada roca para no caer precipitadamente por el barranco que podías ver. Las Rocas se volvían enormes  a nuestro lado y se veían hermosas con un poco de vegetación que le crecía encima. Fueron vistas maravillosas y para ese momento el camino se volvía un poco recto, esto fue hasta que llegamos a una famosa subida que todos temen, la de la Fila Maestra hasta el Pico Oriental, decían que era muy fuerte y no se equivocaban, en esta oportunidad íbamos un poco juntos, sin embargo todos se fueron adelantando. Terminé sentándome en una roca porque no aguantaba la cabeza, me estaba mareando del hambre, saqué el desayuno que había preparado hace más de 7 horas para tener algo en el estómago y recobrar fuerzas. Había estado comiendo chocolates durante el camino y lo único que llevaba en el estómago era una arepa que me había preparado antes de salir conjunto con la que estaba apunto de comer. Compartí la comida con un amigo que estaba junto a mí de último y luego de terminar decidimos caminar inmediatamente. El camino fue largo y trabajoso. Me pregunté un par de veces por qué me gustaba subir a la montaña y pasar trabajo, frío, hambre y un largo etcétera. Solemos hacer chistes cuando llegamos al destino, siempre decimos que en el camino nos preguntamos lo mismo, hallando la respuesta al final. Cuando recorremos todo, cuando alcanzamos nuestras metas, cuando conquistamos nuevos territorios.

Se hacía de noche, eran las 4 de la tarde y tomamos la decisión de ir directo al Humboldt como se tenía planeado en vez de bajar por la Silla a Sabas  Nieves y salir por Altamira. Además de que nos parecía “más sencillo”. Esta fue la última vez que vi a 3 de mis compañeros en todo el viaje.

Empezamos a descender por el Pico Oriental hasta la Silla, seguía haciéndose más tarde y terminamos conquistando la Silla a las 5:30 o un poco más tarde, sinceramente no llevaba el control de la hora. La luz del sol se ocultaba y la oscuridad de la noche se acercaba. Afortunadamente tenía una linterna, al igual que mi compañero. No la usamos hasta que llegamos al Lagunazo. Proseguimos con el camino temiendo que se hiciera de noche y cerraran el teleférico y no pudiéramos bajar a la ciudad a dormir en nuestras casas, secarnos, bañarnos, comer y relajarnos un poco. Había llovido ya 3 veces y estábamos empapados, no sentíamos frío debido a que seguíamos moviéndonos. En el camino, al empezar a usar nuestras linternas nos encontramos con 1 compañero, se nos unió, entonces éramos 3 que debíamos caminar despacio para no resbalar y causarnos heridas.

Al continuar en el tramo Occidental-Lagunazo nos encontramos con dos compañeros más, uno que había temido perderse (puesto que nadie tenía linterna, solo 3 personas, dos guías y yo) y se quedó en el mismo sitio esperando por alguno de nosotros para no ir solo y el otro que decidió acompañarlo. Éramos entonces 5 caminando, faltaban 3 que nunca aparecieron durante todo el tramo hasta el Humboldt. Se hacía más tarde y la vista desde ese punto era posible debido a que no había ninguna nube encima de nosotros, debajo para observar la ciudad de Caracas sí, afortunadamente ahora sí veíamos el Estado Vargas y el mar lleno de lucecitas que eran de barcos, además del cielo con algunos aviones. Durante el tramo un compañero decidió irse por su cuenta debido a que la linterna “le encandilaba”. Pues así fue, siguió derecho y en poco tiempo había desaparecido, iba un poco rápido. Al llegar al Lagunazo empezaron los problemas…

Se hacía cada vez más tarde y ya llevábamos 12 horas caminando en la montaña.

El temor de no poder bajar a la ciudad incrementaba, nada podíamos hacer, debíamos caminar lentamente, con mucho cuidado por la cantidad de piedras debido a que era una bajada difícil. No teníamos agua, no teníamos comida y éramos ahora solo 4 personas, de las 10 que estábamos en la excursión (recuerdo que dos desistieron al principio). Empezábamos a hacer chistes sobre películas de terror que normalmente decíamos: “Bah, no da miedo”. Decíamos que en cualquier momento se haría realidad, reíamos y era todo muy agradable, a pesar del temor en el ambiente de no poder bajar a la ciudad.

Cuando llegamos a la toma de agua del Lagunazo escuchamos nuestra seña, escuchamos a un compañero… ¡resultaba ser el que se separó hace un rato! Los escuchábamos alto, a nuestro lado, no tenía ningún sentido. Debía estar adelante de nosotros, ¡no detrás y menos en una parte alta! Dedujimos entonces rápidamente que se había perdido, que había seguido el camino en vez de solo bajar para ir al Lagunazo y luego al Humboldt, el camino que había seguido ya no lo usaban y se había tapado por las plantas. Empezaba ahora la preocupación por alguien que se encontraba detrás de nosotros. Decidimos llamar a su celular pero no contestó, luego se quedó sin señal.

Había que tomar una decisión, ¿qué haríamos? ¿Regresaríamos por él, iríamos hasta el Humboldt e informar de la situación? ¿Alguien se atrevería a ir solo a buscarlo? ¿Esperaríamos? ¿Qué?

Decidimos esperar, un poco más adelante para poder sentarnos en las frías piedras. No apareció en 10 minutos, decidimos seguir adelante e informar para que pudieran auxiliarlo. Temíamos por su suerte, pero también confiábamos en que se quedara en un solo sitio y no sucumbiera a la desesperación que era normal en estos casos. Decidimos confiar y caminar, seguimos el difícil camino que nos tomó dos horas hasta Humboldt. Nos golpeamos las rodillas, nos llenamos de barro, nos mojamos los zapatos, las medias, los monos, nos llenamos de tierra las manos, las caras, todo. Cuando llegamos al Humboldt era aproximadamente las 9:40 p.m., fueron en total 14 horas caminando en la montaña. ¡Habíamos logrado nuestro cometido! Ahora solo faltaba encontrar a nuestro amigo extraviado y saber de los otros 3. No llegamos a tiempo para el teleférico y era tiempo de tomar otra decisión. Éramos 4 personas, de las 8.

Duramos un rato en las instalaciones de “Ávila Mágica” tratando de calentarnos, el frío era tremendo. No había comida, no había agua, no había nadie. Luego de tal vez 45 minutos aparecieron militares, dos militares que custodiaban las instalaciones. Nos dijeron que no podíamos estar allí, que debíamos retirarnos hacia Galipan (un pueblo a unos 15 minutos de bajada desde donde nos encontrábamos). Estaba de malhumor, ¡no podía creer que nos tiraran así sin ofrecernos ayuda! Alguna solución, ¡nada! Solo nos dijeron que fuéramos a la intemperie.

Seguimos hablando e informamos de toda nuestra situación, nos informaron que dos personas habían bajado y habían informado que 5 excursionistas más llegarían, ¡faltaba uno! Estábamos todos, menos uno. Los 4 en el teleférico, el que estaba perdido, dos que habían bajado y uno sin información, nadie sabía nada de él.

Luego de charlas, llamadas a familiares, lo único que podíamos hacer era quedarnos a dormir allá arriba si ellos lo permitían, de otra forma debíamos bajar al pueblo de Galipan a ver dónde nos podíamos acomodar. Terminaron accediendo a que nos quedáramos mientras esperábamos por Bomberos Forestales para ayudar al compañero que se había perdido. Luego de unas horas, nos dieron cojines, unas cobijas y unas pocas galletas para amortiguar. Nos acomodaron en lo alto del teleférico donde no entraba el viento y había una alfombra que apestaba. No hacía tanto frío, excepto por nuestra ropa mojada. Temblábamos del frío. Estábamos nerviosos por nuestro compañero.

Alguien se ofreció a buscarnos, un excursionista que estaba con nosotros, luego de otras llamadas donde supuestamente una patrulla de policía nos buscaría decidimos decirle que se quedara tranquilo y en su casa. La patrulla afortunadamente jamás apareció. A las 12 de la noche apareció Bomberos Forestales dispuesto a buscar solo “hasta el Lagunazo” por el compañero que se había extraviado. En esta ocasión, los funcionarios de la GN nos acomodaron en un cuarto dentro de su comando donde habían unos cuantos colchones sin sábanas, almohadas y alguna cobija para cubrirse. Decidimos esperar ahí mientras aparecía nuestro otro compañero o nos dormíamos, lo que sucediera primero. Mientras el frío nos pegaba fuerte y el hambre no dejaba de hacer presión nos quedamos dormidos, eran las 3 de la mañana entonces cuando llegó nuestro compañero, ¡había aparecido!

El nerviosismo en cuanto a él había terminado, se encontraba bien. Nos contó cómo se las arregló para no sufrir una hipotermia por el frío tan tremendo que hacía en la intemperie, en la Montaña. Afortunadamente quedó al lado de un sitio donde se acampa, encontró unas bolsas de basura y sin importar nada, decidió revisarlas, encontró unas cuantas bolsas y se arropó con ellas, esperando que lo buscaran o que amaneciera para poder encontrar el camino, lo que sucediera primero. Confesó que varias veces estuvo apunto de sucumbir a la desesperación puesto que veía el Humboldt, lo notaba cerca pero se le hacía lejos. Todo perfecto para desesperar sin control y solo correr. Afortunadamente, no lo hizo. Se quedó en el mismo sitio y decidió esperar.

Nuestra noche estaba apunto de terminar, debíamos despertarnos a las 5:30 para prepararnos para descender a la ciudad por el Teleférico. Dormimos unos cuantos minutos con frío, pies congelados y ropa mojada, con hambre y un poco de incomodidad, sin embargo,  dormimos en un colchón que para nada teníamos planeado, ni en planes posibles. Todo había salido bien.

A la mañana siguiente descendimos y nos encontramos con dos familias de los 5 que nos encontrábamos, nos recibieron con abrazos y lágrimas de preocupación. La cálida bienvenida que muchos necesitábamos. Luego de llegar a mi casa me bañé, comí algo y me dirigí a dormir, no pasó más de 1 minuto cuando ya había sucumbido al mundo de los sueños sin retorno. Éramos 7, faltaba 1.

En la tarde de hoy recibí un correo de esa persona que faltaba, ¡explicaba lo que había pasado! Se cayó en el camino, se lastimó la rodilla, llegó solo  al Humboldt, Entró en desesperación y decidió bajar caminando por la ruta de San Bernardino llegando ileso a su casa a la 1:30 a.m., con cansancio y hambre.  Todo salió perfecto.

Me gustaría terminar este relato diciéndoles que fue una experiencia maravillosa, que yo, ¡repetiría!

Dejaré un poema que me pasaron una vez, para aquellos que le tienen miedo a las Aventuras, ¡la vida misma es una aventura! Disfruta cada momento, cada segundo como el último y no te arrepientas, ¡todo es maravilloso!

Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo.
¡Hasta la próxima!