Casi muero, pero no

No puedo encontrar título más apropiado que “Casi muero, pero no”. Esta historia se centra en un viaje muy ambicioso que queríamos hacer para llegar a las cumbres del Bolívar, la Concha y por último el Humboldt descendiendo por la Mucuy. Era la ruta de La Gran Travesía, sin pasar por las cumbres de los picos el León y el Toro, a pesar de que los tuvimos al frente.

Foto: Andrés Matos

Foto: Andrés Matos

El León es un pico bastante curioso que aún no sé por dónde se le sube, pero que estuvo imponente desde nuestra salida de los Nevados hasta la Cresta del Gallo. El Toro parecía un poco más sencillo debido a que la subida se hacía bastante obvia, a pesar de que un poco expuesta.

El día primero de diciembre del año 2014, decidimos montar los bolsos en un Jeep en la Plaza Las Heroínas en el centro de Mérida, éste nos llevaría directo a la plaza Bolívar del pueblo de los Nevados, a 2600 msnm. La ciudad de Mérida se encuentran a unos 1600 msnm.

Luego de que pasáramos por la peligrosa pero hermosa carretera que nos llevaría a los Nevados pudimos llegar directo al pueblo, donde un señor con unas mulas nos esperaría para ayudarnos a llevar los bolsos de unos 25 Kg cada uno.

Al empezar el recorrido, el páramo nos acogía en sus matices de verdes combinados con el marrón de la tierra. Las casas y los ríos adyacentes nos acompañaban cantando en un día espléndido para una caminata tan larga. Pasaríamos de 2600 a 3800 msnm donde el primer campamento tomaría lugar. En las subidas exigentes y en las pendientes sostenidas mis recuerdos son bastante difusos, recuerdo el verde de las plantas y el azul del cielo, el sonido de los ríos y el cantar de las aves, recuerdo el degradado de las piedras a mis pies y lo cristalino del agua, también recuerdo el cansancio y el esfuerzo enorme que tuve que poner para llegar hasta el primer campamento.

Mi mente era un lugar en blanco donde la música que salía de los auriculares opacaba cualquier pensamiento proveniente de mí. Mi voz interior se veía eclipsada al ritmo de diferentes instrumentos. No algo malo, solo algo que vale la pena mencionar.

Entre curvas, montañas y caminos anchos para la caminata de varios a la vez, el paisaje pasaba a mis ojos. Caídas enormes de agua y grietas gigantes de ríos en el medio de las montañas eran observables desde cualquier punto panorámico. La pendiente era sostenido por casi todo el camino, entre piedras sueltas y tierra levantada. La compañía de excremento de animal y el ruido del río en la mitad del valle eran parte también del primer ambiente al subir al alto de la Cruz.

Mientras ascendida y cuando mis pensamientos empezaron a opacar al montón de instrumentos que sonaban al mismo tiempo en mis oídos, recordaba que subir al Bolívar no era tan sencillo, había leído e investigado sobre el tema. El frío era un gran impedimento para muchos y la altura hacía que muchos tuvieran que bajar antes de siquiera poder ver el maravilloso pico lleno de nieve en su cara norte. La cara sur, para otros más, era un lugar desconocido debido al ambiente hostil que la Sierra Nevada a veces muestra. Este caso era lo contrario, el sol espléndido que nos acompañaba con pequeñas series de nubes nos mostraba que la Sierra Nevada nos sonreía y nos daba una bendición un poco confusa para ascender al techo de Venezuela.

Mi mente jamás fue un impedimento para mí en este viaje, por cada gota de sudor que caía al piso conjunto con mis fuerzas, mi mente impulsaba a dar un poco más por las ansias de llegar al sitio soñado. La meta, el techo, lo más alto de Venezuela debía caer a mis pies y convertirme por segundos en el ser más alto en toda Venezuela. La insignificancia de la existencia se veía reflejado en mis ojos cuando el llegar al techo de Venezuela se convertía en una meta tan ambiciosa y soñada. Al caminar más me daba cuenta que en realidad lo que me motivaba a subir al Bolívar no era ser el ser más alto por segundos o llegar al llamado “Techo”, tampoco pegarle un coquito al busto de Bolívar o incluso observar la vista, era que la altura, la pared y los retos técnicos y psicológicos representaban una etapa diferente para mí. Una etapa de descubrimiento propio y de enseñanzas que no podía encontrar en otro lugar.

En momentos breves creía haber aprendido que las montañas son enseñanzas y retos personales más allá de un deporte, retos que vamos descubriendo con cada paso que damos y dificultades que nuestra mente pone de la vida cotidiana para que las podamos superar subiendo una montaña con la excusa de conquistarla. Al final del camino notamos que la montaña no puede ser conquistada, somos nosotros los que estamos conquistando. Nuestra vida y nuestros retos. El superar retos es algo meramente personal y no universal. Nos superamos al subir más alto, los picos al final del camino no representan nada más que enseñanza, nada más que simbolismos.

El primer campamento fue fatal, llegué muy cansado y de último (¡a pesar de ni tener bolso!). Respiraba agitado y empezaba a toser cada vez con más frecuencia. Me costaba respirar y me dolía mucho la cabeza. Decidí no prestarle atención, aunque sabía que era debido a la altura, imaginé que si dormía en ese sitio se me pasaría a la mañana siguiente. Tomé una pastilla para el dolor de cabeza antes de dormir y me fui directo a dormir. La noche fue fatal.

Al despertarme seguía tosiendo y no podía terminar de levantarme, el cuerpo en parte no me respondía, no sé si por cansancio o por malestar, la verdad es que me levanté cuando había que arreglar las cosas y nada más. Empacar, guardar y salir. Ahí fue cuando levanté, con muchísima ayuda de mi voluntad más que de mi cuerpo.

La primera subida era la subida al Alto de la Cruz, era una subida de unos 100 metros de altura con una pendiente muy sostenida, duramos un total de 30 minutos ascendiendo por dicha pendiente, al llegar arriba podíamos observar parte de la ciudad de Mérida o de un pueblo adyacente, conjunto con la estación del Teleférico de Loma Redonda y el de Pico Espejo. Al lado del Pico Espejo se veía imponente la cara norte del Pico Bolívar, a nuestras espaldas se encontraba el Pico El Toro y a su lado izquierdo (viendo hacia la ciudad) el Pico El León. El Glaciar Norte del Pico Bolívar es casi inexistente, lo cual es un poco triste. Sin embargo, aún se conserva un poco de nieve.

Foto: Andrés Matos

Foto: Andrés Matos

Luego de ver el maravilloso pico Bolívar por un rato mientras continuábamos para subir a la Cresta del Gallo, rodearla y luego cruzar al Pico Espejo para terminar bajando a Timoncitos. La idea del viaje era esta, sin embargo, mi malestar hizo que todos fuéramos lentos. Ellos, a pesar de que podían ir rápido decidían pararse a esperar hasta que me vieran o llegara (por lo cual estoy muy agradecido). Debía pararme a cada 20 pasos porque no podía respirar, tirarme al piso y ponerme hacia adelante para poder tomar aire. Este proceso de tomar aire se hizo más y más común mientras avanzaba. Se hacía difícil tener aire en mis pulmones, la tos no mermaba y el dolor de cabeza aparecía a cada rato.

Durante varios “descansos” lo que hacía era recostarme y sin darme cuenta me quedaba dormido despertándome unos 10 minutos después. Era preocupante. No sé si era por mi orgullo o por mis ganas de continuar, pero no aceptaba que me sentía mal y quería continuar. Las pendientes eran mucho más inclinadas y llenas de caminos reducidos entre piedras sueltas. Todo se hacía muchísimo más peligroso mientras se caminaba hacia la cresta del gallo.

Debido a la lentitud del ascenso (mi lentitud de ascenso), se decidió acampar en el medio de la subida hacia la Cresta del Gallo. Eran ya casi las 3 de la tarde y unas nubes parecían amenazar con tener fuertes lluvias en sí misma. Eran mentira. No llovió, hizo un clima precioso y en la noche todo estaba totalmente despejado.

Esta noche también fue fatal, no pude dormir nada y lo único que quería era que se hiciera de día para empezar a caminar. Me tomé una pastilla para el dolor de garganta y un atamel, parecía haber mejorado muchísimo. De hecho me sentía mucho mejor y con ganas de continuar. Me “acosté” a las 10 de la noche luego de haber terminado de leer un libro, me sentía tan bien que quería continuar en ese mismo instante, sin embargo se debía esperar hasta el día de mañana.

En la noche, no sé si por la caída de la noche y las bajas de temperatura empecé a sentirme muy mal. No podía dejar de toser y no pude dormir absolutamente nada. A las 3 de la mañana me vi obligado a salir de la carpa para poder ir al baño y no dejé de toser desde que salí hasta que entré en la carpa.

Algo gracioso que sucedió esa noche fue que al salir veo un pote pequeño de Gatorade lleno de algo que parecía limonada, al llegar donde estaba el pote de “limonada” me doy cuenta que estaba congelada y decido dejarla donde estaba, un poco molesto y con mucha sed. En el campamento donde estábamos no había forma de obtener agua y debíamos guardar muy bien el poco agua que teníamos.

A la mañana siguiente, cuando es de día y uno de los compañeros, Daniel, estaba despierto, le pregunto qué era eso que estaba en el pote de Gatorade, a lo que responde que era aceite de cocinar. Bueno, por un lado agradezco que estuviera congelado, ¿no?

La noche fue terrible y al despertar tenía que comer. La comida eran arepas andinas con un poco de queso amarillo duro, lo que bueno, dejé la mitad y me quedé dormido al lado de mi sleeping. Me sentía fatal, no podía levantarme, era involuntario, ni siquiera para tomar agua o ir al baño, levantarme incluso para sentarme era una de las cosas más difíciles que podía hacer. La tos no paraba y empecé a escupir un poco de “flema” tipo espuma de color blanco. Las energías habían sido chupadas por el kraken del otro lado de la línea. Tenía un pie puesto en la línea y las energías era lo primero que se iba.

Ese día sentía que ya no podía dar más de mí, me obligaba a fuerza de voluntad a continuar, pero muy dentro de mí (y es algo que no expresé, a menos en palabras) me sentía “preparado” para quedarme allí. Era complicado moverse y continuar, el bolso, a pesar de que me habían quitado un montón de peso, pesaba como el alma misma. Todo se hacía difícil y el camino de bajada en vez de ayudarme a mejorar lo que hacía era terminar de cansarme para no poder caminar más.

Mis compañeros hicieron un gran trabajo en ayudarme y entender que se debía bajar. Quizá en el fondo me odiaban (u odian), pero en lo que se podía ver, la ayuda era incondicional. La montaña te da esto, entendimiento por encima de ti mismo.

En mi mente solo pasaban imágenes de acontecimientos “célebres”, caras de personas importantes e imágenes de cómo hubieran sido algunas cosas. Ignoré otras más y decidí dejar de pensar y empezar a bajar más rápido. El resultado no era del todo esperado, el resultado era cansancio y más cansancio. No podía dar más de 5 pasos cuando era en subida y debía descansar por más de 15 minutos respirando agitadamente. Sabía que tenía edema pulmonar pero no quería esbozarlo, no quería gritarlo para que todos lo supieran. El dolor se hacía más intenso cada vez y la tos jamás paraba. Escupir flema blanca era cada vez más común. La bajada se hizo imposible.

 Al final de la bajada, con los brazos estirados moviéndose involuntariamente, con frío y con muchísimas ganas de solo tirarme al piso y no volver a levantarme más, solo podía pensar en cómo dejé la pasión de lado en muchas situaciones de mi vida.

El doctor me dijo (al día siguiente de la llegada que fui) que había tenido un edema pulmonar y todavía tenía un poco de líquido en los pulmones, que me había dado un mal de altura grave y que además si hubiera seguido subiendo hubiera cruzado el páramo de la vida. Casi muero, pero no, no morí, bajé, sin fuerzas, pero con amigos. Sin ganas, pero con ayuda, bajé como pude, nunca solo, pero bajé.

Acostado al frente de la montaña, en un mueble de madera para dos personas con cojines un poco cómodos pensaba en cómo dejaba de disfrutar los pequeños placeres por buscar placeres más complejos. Dejé de disfrutar el dolor y la felicidad, la tristeza y la emoción. Dejé de vivir el momento por la ansiedad de subir el Bolívar. Imaginaba la pared al frente de mí y empezaba a ignorar lo que a mi lado tenía. Al bajar me di cuenta que muchas cosas dejé que pasaran desapercibidas solo por concentrarme en la meta final. No disfruté el camino, no disfruté el sudor y el cansancio. No disfruté cómo mis piernas me decían que no podía más y seguía caminando, solo pensaba en una meta final. Y eso, para mí, fue la destrucción que causó todo lo demás. Más que el cambio de altura (1600 a 3800 msnm en un día), fue la ansiedad la que destruyó mi camino.

Por eso desde hoy, la sinceridad y el momento serán siempre lo más importante, como por ejemplo que le temo a las alturas. Por esa razón decido siempre subir montañas y escalar paredes de roca. Prefiero vivir enfrentando mis miedos que escondiéndome de ellos. Y así… al recuperarme, ¡¡volveré a la montaña!!

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4 comments

  1. Hola. Me gustó tu artículo, especialmente el imaginarme que si el aceite no estuviese congelado te lo hubieses tomado

    Espero vayas al médico y sigas subiendo montañas

    Saludos desde un autobús en la ciudad

    Me gusta

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