Mi primera carrera: un Ultra de 55K

Así es, nunca en mi vida he participado en alguna otra carrera que no sea ésta. Lo intenté, sí, claro que lo intenté. El año pasado con todos mis esfuerzos reuní el dinero suficiente para participar en el Maratón CAF 2014, sin embargo, al momento de la inscripción ya fue demasiado tarde y no pude inscribirme. Incluso en el momento que me enteré que harían una nueva inscripción (hoy) también me enteré que estaban agotados, esto ya para el maratón CAF 2015 debido a que el de este año tuvo que ser forzosamente cancelado por los problemas internos del país.

Nunca pude estar en una pequeña carrera de 10K, de 12K, de 21K o incluso un maratón de 42K (¡aunque cuánto me hubiera gustado!), mi vida, mi “destino” o lo-que-sea decidió por encima de mí que el maratón que debía ser para mí es uno en Mérida para el año 2014, corriendo 55 Kilómetros de montaña en una carrera durísima con climas extremos. Pues vale, ¡a por ella!

Todo empezaba en una apacible noche tibia considerando el lugar donde nos encontrábamos: Jají, en el Estado Mérida, Venezuela. El clima nos recibía con todo el cielo despejado mostrándonos las estrellas que nos guiarían hasta el sendero de nuestra meta, el sendero que recorrimos algunos por más de 10 horas hasta llegar a la esperanzadora plaza de las Heroínas, en todo el centro de la ciudad de Mérida.

La carrera comenzaba en la puntual hora de las 3:00 a.m., donde nos recibiría un gran estandarte que decía “Salida” con muchos logos de patrocinantes y el de la carrera misma de Mérida, al sonar el pito y decir: ¡salida!, todos empezamos a trotar apaciblemente en una pequeña subida de asfalto que se extendía por no más de 2 kilómetros hasta entrar en un camino de tierra que nos llevaría durante más de 23 kilómetros hasta el punto de corte de la carrera.

Entre esos 23 kilómetros pasamos por el Valle del los conejos, un valle bellísimo lleno de naturaleza por doquier y conejos buscando comida en la oscuridad, riachuelos dispersos entre carretera y roca mientras el saludo del sol llegaba desde el este, inundando de colores el cielo. En el kilómetro 12, luego de pasar por el punto de hidratación del kilómetro 10, sufrí un calambre severo en la pierna derecha que me hizo tirarme en el piso por alrededor de 5 minutos, solo en la oscuridad mientras trataba a duras penas estirar la pierna hasta que se me pasara el dolor. Se me pasó luego de estirar pero no fui capaz de trotar más, al menos por unas cuantas horas. El camino hasta el kilómetro 25 era perfecto para trotar, amplio, subidas bajadas no tan pronunciadas y un gran ambiente.

Sin embargo, no me era posible hacerlo, cada vez que lo intentaba el dolor en la pantorrilla derecha se hacía con cada pisada insoportable, imagino que por el exceso de carga sobre el músculo o por no estirar correctamente, a pesar de todo esto, decidí seguir, aunque caminando lo más rápido que me era posible, solo caminando, pero seguí. En el camino, a la luz del amanecer y la caída de los rayos sobre el valle podía ver todo con claridad, un paisaje digno de admirar con los picos de la Sierra Nevada en el fondo, todo un espectáculo digno de admirar, digno de recordar.

Llegué al kilómetro 25 con una hora de ventaja sobre la hora del cierre. Aproveché para descansar unos cuantos minutos, comer algo y tomar Gatorade que ofrecían en la parada. Pude notar que muchas personas que anteriormente me habían pasado se habían quedado allí a descansar, sin embargo, en mi caso, no pude hacer eso, o mejor dicho: decidí no hacerlo. Decidí seguir inmediatamente, tomé un Gatorade, lo puse en el bolso y continué. A pesar de que no podía correr, caminé lo más rápido que pude, el camino empezaba a ser un sendero. Pasaba por casas de una pequeña villa que se encontraba en el medio de las montañas y seguí  subiendo al lado del río. La subida fue dura, duró unos 12 kilómetros más en donde empezaba el zigzagueo de las montañas, en vez del camino casi recto que se había presenciado en los primeros 25. El camino se hacía difícil y los factores mentales empezaban a afectar, el “no puedo”, “estoy cansado”, “ya basta”, “me rindo” se multiplicaban con cada paso, con la baja de oxígeno por la altura y el pésimo clima que nos azotó para el momento.

Ultra55K Mérida

Ya luego del kilómetro 30.

Luego de una maravilla soleada llegaron nubes que no prometían nada bueno. En pleno invierno en las montañas de Mérida se puede esperar que por lo menos llueva una vez al día. Éste no fue para nada la excepción, empezó a caer una pequeña lluvia que pronto se convirtió en una mucho más grande y más tarde en pequeños pedazos de hielo que caían directamente a la cara, ni siquiera la pequeña visera del cortaviento pudo evitarlo. El hielo caía pesadamente encima de la poca piel descubierta, sin ninguna oportunidad de detenerse. En caso de detenerse, era probable que me diera principios de hipotermia. Los dedos ya los tenía congelados, en ese momento tenía un bastón conmigo agarrado con la mano izquierda, la cual se me quedó cerrada con los dedos hinchados y muy rojos con unas pequeñas tonalidades moradas, no podía moverlos, afortunadamente aún podía mover el brazo y los dedos jamás soltaron el bastón mientras empezaba ya luego la bajada. La bajada comenzó en seguida luego de pasar la Laguna de Albarregas

Laguna de Albarregas.

No fue para nada como yo la vi, pero aquí está la foto de la maravillosa Laguna. Era increíble cómo se veía para mí en el momento, cuando pasé todas las nubes tapaban la laguna y se podía ver difícilmente un poco del agua en la orilla, debido al viento parecía que vinieran pequeñas olas chocando contra las rocas, cuando iba caminando la laguna me seguía acompañando al lado y al fondo se podía visualizar un poco más de la laguna y un poco más y un poco más hasta hacerse enorme, al lado la veía cómo se incrementaba al despejarse el cielo. Era maravilloso.

Al terminar una pequeña colina que ascendía al lateral de la laguna, empezaba la bajada que sería la cruz de toda la ruta. Caminé, digamos, una hora o un poco más y al llegar a un punto de control solo había caminado 5 kilómetros desde la laguna. Me puse de malhumor en seguida y empecé a correr de desesperación, quería llegar cuanto antes a la meta, ya no soportaba los pies, ya no aguantaba el frío, ya me dolían demasiado las piernas y las rodillas tambaleaban. Llegué en 30 minutos al kilómetro 45, lo pasé lo más rápido que pude y luego empezó una de las bajadas más brutales por las que he pasado en mi vida. Era una bajada en el bosque lleno de ramas, hojas secas sueltas y mucho barro por la lluvia en una inclinación bastante considerable. Me resbalé más de una vez y pensé en rendirme más de 20. La bajada era lo más difícil de la ruta, lo que más me costó y lo que creo que más tardé para atravesar 5Km. Al pasar la bajada y cruzar un río seco por el cual un maratonista se había perdido el año pasado ya se podía llegar a unas pequeñas haciendas al pie de la montaña, se salía por una entrada a la Sierra de la Culata por la Hechicera, de ahí empezaban los últimos 5 km en asfalto. Decidí correr con todo lo que podía estos últimos 5 kilómetros, lo último antes de cantar victoria. Corrí como no había podido correr antes y pasé por calles principales en Mérida hasta llegar a la plaza las Heroínas, increiblemente corrí esos 5 Km en 20 minutos. Estaba ya harto de tanta corredera pero extremadamente feliz por el gran éxito, por mi primera carrera, por mi primer ultramaratón. Lo terminé en 13 horas y 25 minutos.

Ultra55K

Medalla de FInisher 2014

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