Cicatrices

Las pisadas se marcaban en la tierra mojada que iba dejando a mi paso, la vegetación moría mientras mis botas pisaban una a una cada planta que por mi camino se cruzaba. Se acercaba la salida del sol, la lluvia que terminó hace 30 minutos dejó una espesa capa de neblina sobre toda la cumbre. Era difícil saber dónde se encontraba el camino, los ojos no funcionaban como debían y las piernas temblaban. El camino casi vertical se hacía impensable con el cansancio de días sobre la espalda. Todo se hacía borroso, pero se debía continuar. Con la respiración agitada, el sudor sobre la frente y el frío en las extremidades, caminé tambaleándome por el camino. No podía pensar, no podía casi respirar, el dolor que se encontraba en mis pulmones fue recorriendo todos los órganos hasta dejarme casi paralizado. En el medio del sufrimiento moví la mirada, intenté pedir ayuda y con mis brazos hice movimientos torpes sobre la tierra, busqué algo para arrojar hacia abajo, para hacer un poco de ruido y de esta forma avisar a mis compañeros mi paradero, nada funcionaba. El sol venía, el camino empezaba a visualizarse, en la cumbre, una sombra me apuntaba con sus manos, intenté agarrarla, con todas mis fuerzas me levanté hasta llegar a su mano, caminé un poco, caí otro más y al llegar a la mano… desapareció. La sombra desaparecía mientras en la cumbre yacía mi cuerpo entre nubes, entre obstáculos, entre rayos, entre trozos de lágrimas, entre trozos de recuerdos. El campamento lucía lejos, el dolor se acentuaba mientras permanecía con ojos inertes observando cómo se iba el camino a casa. Al final del camino observaba otra sombra, una única sombra de pie con una gran sonrisa, tendió la mano y susurró al viento. Intenté gritar, intenté decirle que se acercara a mí, que me ayudara, moví los labios sin poder hacer ruido alguno, moví los brazos desesperadamente, el piso me recibió como un viejo amigo, me abrazó entre sus rocas y arrastró mi cuerpo centímetro a centímetro. La sangre recorría toda mi piel, la destrucción de mi cuerpo avanzaba, los dedos caían uno a uno, los pies se destrozaban entre las rocas, mi vida se iba, todo pasaba rápidamente a través de mis ojos. La sangre se mezcló entre la perfección y se desvaneció en la lluvia, para recorrer entre sus ciclos otro pedazo de tierra más.

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