La metamorfosis

Ha pasado ya varios años desde que el régimen militar ganó las elecciones democráticamente en mi país. La movilidad popular del nuevo peón de la izquierda surgió efecto después de todo. El populismo movió Venezuela como jamás lo había hecho antes. No estoy seguro si van ya 10 u 11 años, pero lo cierto es que la situación en mi país no ha mejorado nada. Estamos en picada. Muchos analistas políticos dicen que hemos tenido un gran paso en lo social. Consideran que el hecho de que las personas se involucren en la política como ahora lo desean hacer son pasos de progreso. Sin embargo, en lo económico nos vamos hundiendo. El dólar cada vez está subiendo más y la inflación no nos consume aún. Analistas advierten de desabastecimiento si la situación sigue tal como va. ¿Cuánto más podremos aguantar esto? Estamos en el año 2010, ya lo recuerdo, van 12 años. Desde 1998 un régimen militar manda en Miraflores.

Llevamos años viendo cómo el Ejecutivo va apoderándose de todos los poderes públicos uno a uno, con chantajes, con presiones, con amenazas… no importa la artimaña usada por éste, siempre logra salir con lo que desea y como desea. Los medios de comunicación han dado una lucha incansable agrediendo directamente al Ejecutivo sin ningún tipo de resultado real. RCTV fue cerrado. Globovisión es la única ventana realmente opositora a lo que sucede en el país. Venevisión pasa sucesos del país, comunicados de la oposición y un poco de realidad política. Pero la verdad es que es difícil mantener la línea cuando las presiones son tan grandes.

Los años van pasando poco a poco y sigo en la misma rutina. Cada vez que la oposición llama a una movilización voy con ellos, los acompaño y grito consignas que me dan esperanza. Las banderas en el cielo me dicen que todo estará bien, el camino está cercano. Nuestra ruta por fin será marcada por quienes deseamos salir de todo esto. A pesar de eso, cuando el “trámite” termina todo acaba exactamente igual. No puedo imaginar que este país algún día despierte. Estamos perdidos.

Voy caminando al trabajo como todos los días, viendo los abusos del Gobierno central. El sistema de metro en Caracas cada vez funciona peor, las vías de la ciudad capital son un desastre, las colas, la inseguridad… ¡¡siempre llego tarde!! No puedo soportar la impotencia de la tranquilidad de este país. Ojalá algo se pudiera hacer, ojalá se pudiera salir a la calle y por fin culminar con todo esto. Estoy harto de que nunca podamos hacer absolutamente nada para reparar la situación. La vida en este país vale nada.

Camino a la Universidad en la noche, pienso en mi vida, pienso en lo que podría ser de mi ciudad si fuera segura. No me siento seguro en mi campus y me escondo de las motos, me escondo de las sombras. Correteo por los pasillos en las noches, voy en grupos en los que no me siento cómodo pero confiado. Pongo el teléfono en lugares que no me gustaría recordar,  camino con las piernas apretadas y con la indisposición de un ciudadano en un país en guerra. Rezo a un Dios del que no estoy totalmente seguro en busca de protección, me da miedo la oscuridad en mi país.

El Metro me da seguridad porque aún no se atreven a tocarlo estos malditos delincuentes. Odio maldecir, pero ¡qué impotencia me da la delincuencia a la que estoy sometido! Siento temor por mí, por mis seres queridos y por todo aquel que sale a la calle… Muchas veces en todo los días del mes deseo no tener que salir, no quiero arriesgarme. ¡Pero cuánto desearía poder tener el poder tan simple de correr al frente de mi cuadra por recreación! No importa cuánto me esfuerce, todo en la calle me asusta, pero debo vivir con ello. Debo continuar cada día, con el miedo quemándome la piel, con el miedo quemándome las entrañas y entrando en mi sangre. Con el miedo poco a poco invadiendo cada parte de mi ser.

El día a día me hace desear vivir en otro lugar, salir del país es una ventana al primer mundo. A un lugar, tal vez no con la justicia que quisiera, pero sí con la vida que un ciudadano se merece. Las injusticias existen en todos lados, después de todo, ¿sabemos qué es “justicia” realmente? No. Solo improvisamos desde los que nos parece más correcto. La inseguridad de mi país me hace odiar, poco a poco, a la población, a mis hermanos. Siento una transformación en que no quiero sentir, una metamorfosis como la de Kafka, terrible pero latente. La metamorfosis de una persona a un monstruo lleno de odio.

Los medios de comunicación me aterran cada mañana, pero no por decirme qué sucede en mi país, si no por ocultarlo. Me aterra que en la televisión de mi hogar se proclame que Venezuela está muy bien, absolutamente todo se encuentra bajo una tranquilidad extranjera. Una tranquilidad que no la siento como mi hogar, una tranquilidad inexistente. Una tranquilidad que desaparece cuando cruzo la puerta de mi casa. La violencia asecha nuevamente cada rincón de mi vida subiendo hasta mi cabeza y llenarme de odio hacia (casi) cualquier persona.

Las consignas políticas y el uso repetido de la palabra Patria, Fascista, Imperio… me tienen harto. 15 años de un Gobierno que aún le hecha la culpa a uno anterior es tan patético como un Gobierno incompetente. La búsqueda de la verdad se hace cada vez más difícil en un país con las libertades tan reducidas. La verdad se esconde en pequeños rayos de luz que se asoman por ajuros hechos por la democracia, la libertad y la esperanza.

Hoy me siento con ganas de matar personas, aunque mi fuerza de voluntad nunca sea totalmente para esto. Acaban de matar a un familiar en la calle… ¡¡por robarle un maldito celular!! Cuando hago mis demandas formales me informan que es culpa de mi familiar, por sacar el celular en la calle e incitar al acto delictivo. ¿¡Esta basura de dónde ha salido!? ¿¡Cómo no pueden responderme por la vida de mi familiar!? ¡¡Cuánto desearía que no hubiera sido ese familiar mío, si no de ellos!! ¿Por qué debo pagar como ciudadano los errores de este Gobierno de mierda? ¿Por qué?

La fría noche me hiela la sangre, las estrellas iluminan el camino pero la oscuridad reinante me azota poco a poco. Consume mi piel y mis ideales, transforma mis suelos en realidades y destroza mi esperanza. La salida del país es mi única esperanza… ¡cómo puedo dejar mi tierra en medio de la guerra! ¿Cómo puedo abandonar mi país en medio de los problemas? Lamento no poder explicarlo, pero mi vida vale más que un país indiferente. ¡Mi vida vale más que un maldito celular!

Cada día que pasa mi tolerancia se desnivela, miro a todos lados para que no vean cómo insulto a esta gente. No soporto tanta indiferencia por mi país, tanta violencia y tanta mierda. No soporto la burla, no soporto las ganas de tirar un país millonario a los talones de países tercermundistas.

Con armas… nuestra historia sería diferente.

P.D.: Este post no es de mi opinión personal, es la explicación de la transformación de un ciudadano normal a radical. Quisiera aclarar que esto no puede definirse solo a oposición. Después de todo, quienes empezaron con violencia desmedida son los que ahora anclan en el poder.

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