La costumbre como medio de ‘destrucción masiva’

Normalmente al escuchar la palabra “destrucción masiva” nos viene a la mente la famosa nube de hongo que nuestro planeta ha experimentado dos veces en su larga historia de conflictos. Se nos ocurre, por supuesto, las famosas armas de destrucción masiva tales como: las bombas atómicas.

Nube de Hongo.

En nuestra historia llena de  guerras por casi cualquier cosa nos acostumbramos a ver la guerra como algo común que debe pasar. León Tolstói discute esto en el libro Guerra y Paz que citaré textualmente:

Creo que la paz universal es posible, pero no sé cómo decirlo…, no habrá equilibrio político.

Página 29, Guerra y Paz [Editorial Planeta (2003)], Liev Nikoláievich Tolstói. 

Según esta perspectiva la Guerra siempre será necesaria, vivimos con ella y a veces por ella. El profesor Gabriel Morales, de la UCV discutía en una clase de Filosofía de la Praxis I sobre cómo los Estados que son potencia mundial nunca salen de estar en guerra, de hecho, decía el profesor: “todas las generaciones de Estados Unidos han pasado por una guerra, no hay ninguna que no haya pasado por una”. El profesor hacía referencia a la guerra también en algunos países como valía en la sociedad en modo de representación de un héroe, por luchar por la causa de un país al cual, por supuesto, la persona representa. Para este último, el ejemplo era el Príncipe William en las Malvinas.

Nos hemos acostumbrado a las guerras de forma de ver un conflicto de destrucción masivo (más allá de las armas, son los países y las causas de la lucha lo que verdaderamente hace la destrucción masiva) como una situación completamente normal. No llegamos a ver la guerra como algo atroz, si no más bien lo vemos como algo plausible; y de gran ejemplo tenemos las guerras independentistas. No digo que esta lucha o causa de la guerra no sean causas plausibles, pero lo que digo es, ¿cuánto vale la independencia de tu pueblo? ¿A cuántas personas matarías para llevar a cabo tu causa?

En Venezuela, nuestra perspectiva de guerra es un poco (bastante) diferente de la perspectiva de guerra de las superpotencias. Nuestro país, dejando de un lado la Guerra de Independencia no ha participado jamás en ninguna, alejando también la Guerra Civil del siglo XX.

Nuestro país posee un ejército porque lo necesita, pero, ¿se han preguntado para qué realmente Venezuela necesita un ejército si jamás va a una guerra? Somos un país petrolero, y por ende, necesitamos un Ejército que nos “salvaguarde” de los ataques de las “superpotencias” para apoderarse de nuestra independencia…, vaya, he leído mejores historias con Lewis Carroll. Sin embargo, la necesidad de un ejército sigue siendo vital pero no lo más importante en nuestra historia moderna, aunque tampoco en nuestro pasado reciente (Siglo XX y XXI).

Alejándonos un poco del concepto de la necesidad de la guerra y la costumbre de las masacres en la historia de la humanidad vamos a un tema un poco diferente y menos atroz que el anterior. La pregunta que atormenta durante estos días es: ¿cómo la costumbre se vuelve un arma de ‘destrucción masiva’?

La destrucción termina siendo un daño muy grave causado en lo material e inmaterial, ¿por qué entonces cuando hablamos de destrucción solo recordamos los grandes muros de Berlin destruidos luego de 1945 y el arribo de la URSS contra las fuerzas de Hitler? ¿Por qué cuando hablamos de destrucción nunca valoramos la destrucción inmaterial como deberíamos en vez de usarla como excusa para causar más destrucción? En la Guerra se mezclan conceptos éticos, morales y de honor entre los países ante el respeto global y confianza de sus ciudadanos y pueblo que los ha elegido para llevar el poder.

La destrucción inmaterial termina siendo mucho más fuerte que la destrucción material, por lo menos en cuanto a la defensa de los derechos humanos se refiere. Debido a que lo material se vuelve a reparar y se hace mucho mejor con el avance de las tecnologías olvidamos el dolor profundo que se siente al perder a un ser querido en una guerra no deseada (si es que hay guerras deseadas, por ciudadanos más que por gobernantes).

En Venezuela, a pesar de no tener una guerra declarada o un enemigo público y con un líder centralizado para concentrar el ataque del poder en su persona, poseemos una guerra con nosotros mismos. Una guerra interna no declarada pero muy bien fundamentada, sin un enemigo único, si no más bien muchos enemigos de una sola acción: la delincuencia. No es un secreto para nadie en el mundo que Caracas es una de las ciudades más peligrosas del globo y la capital del secuestro. ¿Pero cómo es que luego de ser una de las ciudades más seguras del mundo y Venezuela uno de los países más ricos con una moneda más cara que el dólar estadounidense pasamos a ser la capital del secuestro y Venezuela el ejemplo de retroceso? Pues bien, la respuesta es la clave de todo: la costumbre.

La costumbre desde años inmemorables ha destruido poco a poco todos los cimientos de la sociedad para sucumbirla entre sus peores males. La costumbre ha hecho del hombre el animal arrastrado antes los deseos del poderoso, la costumbre ha hecho del hombre el esclavo de la flojera y el ciego ante la superación. La costumbre ha hecho que caigamos en el peor hoyo del cual debemos pero no queremos salir.

En nuestro país, el arma más grande de destrucción masiva se llama la costumbre, nos hemos acostumbrado a los abusos diariamente sin poder reclamar absolutamente nada, y luego de que nos callamos ante un abuso agradecemos que no haya sido peor, o agradecemos que no haya sido como el de la semana pasada hasta que ese de la semana pasada se vuelva el de todos los días y olvidemos que estuvo tan mal que en un momento no queríamos soportarlo y empezamos poco a poco a soportarlo… hasta que nos acostumbramos y es algo totalmente normal. Nos da terror por un tiempo, luego simplemente es lo cotidiano, es lo que agradecemos que pase en vez de que pase algo muchísimo más grave.

Vamos desde la costumbre a los abusos del poder (cualquier tipo de poder) hasta la costumbre de los pésimos servicios prestados por entidades públicas y privadas. Nos acostumbramos al cerro de basura en un país que solía ser millonario y poco a poco se convirtió en uno pobre, nos acostumbramos a absolutamente todo. Nos acostumbramos a que el pueblo esté acostumbrado, y esto… es lo más grave.

El retroceso es evidente, y el arma más grande que tenemos en nuestra contra lo hemos creado nosotros mismos, al acostumbrarnos a todo lo que nos depara. No nos quejamos, agradecemos que ya pasó, no decimos absolutamente nada por miedo a represalias. Nos hemos convertido en los ciegos de nuestra propia perdición, en los constructores de nuestro propio basurero, le hemos hecho muros para que evitar que lo “exterior” afecte a lo que ahora nos parece normal.

Nos hemos acostumbrado a los robos diarios, a los secuestros diarios, a los abusos verbales y físicos hasta para comprar una harina. Nos hemos aguantado absolutamente todo en este país donde nada nos resguarda de seguir siendo maltratados. ¿Y qué hemos hecho? Absolutamente nada. Seguimos aguantando.

La costumbre se ha vuelto… el arma de destrucción masiva más peligrosa para el país que pudo haber sido mejor que Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia y Suiza juntos.

Venezuela, ¡POR FAVOR DESPIERTA YA!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s