La expresión de vida

Hacía calor y eran las 3 de la tarde, no pasaba nada más. Nada solía ser interesante y el sol quemaba poco a poco el pavimento, el pasto, los árboles, quemaba todo. Me preguntaba dónde estaba pero solo podía abrir los ojos despacio, sin poder visualizar todo. Ya pasaban las tres y media y nada ocurría. Solo intentaba abrir los ojos una vez más, podía distinguir una pradera lejana, extensa. El sonido del viento me relajaba lo suficiente como para no querer abrir los ojos, pero de igual lo seguía intentando. El sol me quemaba los párpados y me sentía perdido, no estaba seguro si seguía acostado o ya me había levantado. La música de la naturaleza me llenaba los oídos, al otro lado de la pradera se encontraba un frondoso bosque, de un verde vivo alucinante, se escuchaba el agua de un río pasar y el viento seguía su ritmo. No paraba y la naturaleza seguía componiendo su melodía. La tarde caía y seguía sin poder abrir los ojos, poder visualizar que pasaba a totalidad. Solo veía reflejos y con tontos parpadeos distinguía poco a poco qué me rodeaba. Pasaban las cuatro de la tarde y el sol me quemaba la piel. Sentía un ruido que me distraía, no estaba seguro de qué era pero se acercaba. Se escuchaban como pisadas en la grama, se sentía como un disturbio en el viento, en la melodía. Se sentía que poco a poco todo iba cambiando, el sol me quemaba y mis ojos seguían cerrados, ahora no podía intentar abrirlos, me quemaban cada vez más.

Una sombra se había parado tapándome del sol y me ofrecía cobijo, me acurruqué ante toda la sombra para protegerme, protegía mi piel y me reducía el dolor, no lo entendía, ¿por qué? ¿Qué era? Me sentía en un campo desnudo, y ahora protegido por una extraña sombra. ¡No entendía nada! No me hablaba, nada me decía. Solo me sentía protegido, en cobijo. Se arriesgaba lo que sea que fuera a cuidarme, a soportar el sol por mí. Soporta el viento, soportaba el frío, soportaba el calor, soportaba el tormento y la fatiga. Todo, no se movía, ya eran las seis y el sol estaba desapareciendo. Intenté abrir los ojos, pude hacerlo y distinguí dónde me encontraba, era una pradera preciosa. Mis palabras podrían describir pero la imaginación no recrear. El cielo giraba, el viento chillaba y el bosque me llamaba. No lo entiendo, qué me había protegido. ¡No lo logro ver! Volteé enseguida para buscar qué era lo que de mí guardaba. Cuando volteé… había desaparecido. Una luz cegadora pasó por el frente de mis ojos al darme cuenta que lo que me guardaba estaba a mi lado, me tiré al suelo para protegerme la vista, me ardía y dolían los párpados, no podía hacer nada más. El dolor de cabeza aumentaba y me la sujetaba con fuerza, sentía que pronto iba a explotar, me sentía terrible. No sabía qué hacer, no sabía adónde ir. Solo quería alejarme, la luz me cegaba en medio de la oscuridad de las siete. Corrí con los ojos cerrados hacia el bosque, o era la dirección que creía tomaba… Cuando llegué no podía abrir los ojos nuevamente y mi ceguera me quitaba eso de lo que tanto tenía curiosidad, ¡¿por qué?! ¿Por qué no me deja ver lo que deseo ver? ¡No lo logro entender! Grité cuanto más pude, mi cabeza la sentía cada vez peor, pensé que estallaría, ¡pensé que me quedaría sin ella! Quería dormirme, quería desaparecer, quería que el dolor de mí se alejara. Mi vida iba en caída… No sabía dónde estaba, habían pasado ya cinco horas y eran las ocho. Necesitaba un cobijo y descubrí entonces, que la luz no estaba para cegarme, me hallé perdido mientras la luz me calentaba de la fría noche y el terrible viento. La luz ahuyentaba todo mal y sin abrir los ojos me dejé llevar y pude confiar, pero mi duda persistía, ¿¡qué era!? Mi curiosidad latente me pedía que viera, ¡que descubriera! ¿Cuál era la razón de mi curiosidad por eso que me salvó del sol y de la noche? ¿Por qué me acompañaría la sombra ahora convertida en luz? Y descubrí entonces el significado del mal… Descubrí entonces porqué la sombra puede ser luz. Descubrí entonces que el dolor era importante, descubrí entonces porqué mi vida tenía sentido cuando intentaba descubrir qué pasaba a mi alrededor. Entonces, lo supe con un parpadeo. La oscuridad muy latente puede congelarme, y la luz muy brillante puede cegarme. Mi deber es nivelar lo que mis ojos ven, lo que mi mente cree y lo que mi curiosidad me demanda. Mi imaginación, vuela adónde yo la deje volar. Entonces, supe que el bosque era tan hermoso como yo podía verlo en mi cabeza, no necesitaba ver, necesitaba sentir. Sentía la luz recorrer mis huesos, recorrer mi cuerpo y mis sentidos. Me llenaba de ella y disfrutaba sin verla, no me hacía falta ver. Solo quería sentir, perderme en tal placer. No quería nada más, solo quería… sumergirme y volar.

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